abr 03

Fotos antiguesLa señora Lluïsa bajó a despedirse. Ya no podía seguir viviendo sola y se marchaba a una residencia. Le hacía ilusión acabar sus días en Figueres, donde según decía ella, “tenia els millors records de la seva vida”.

Quería regalarme la caja de las fotografías que tantas veces le había servido de hilo conductor para explicarme su vida. Le hice pasar al comedor y le ofrecí un café con leche. El último café con leche.

Abrió la caja, dio un rápido repaso a las fotos de la infancia y le temblaron las manos cuando llegó a sus preferidas, aquellas fotos pequeñitas de la época de la guerra.

—“Per que mira nena, me decía, quan va esclatar la guerra, jo era a la flor de la vida, just acabava de complir el divuit anys i deixant de banda el patiment que teníem a casa pel meu germà, en Quimet, que havia sigut cridat a files, nosaltres, les germanes, no ens ho passàvem del tot malament. Al matí ajudàvem la mare amb les feines de la casa, i també, si calia, al pare  en el tros.

A la tarde anàvem, amb altres noies del poble, al sindicat. Hi fèiem mitjons i guants per enviar-los al front. Com rèiem quan arribava un nou escamot! Recordo com espiàvem rere les finestres i fèiem bromes sobre quin ens demanaria per ballar el diumenge a la plaça”
Eran unas fotos muy majas. Si no fuera por el uniforme de soldado de los chicos, nadie diría que eran unas fotos de guerra. A las chicas se las veía endomingadas, con vestidos blancos de volantes, muy bien peinadas y con zapato de tacón. Algunos chicos fumaban. Y todos, chicos y chicas muy sonrientes.

Con algunas fotos le gustaba entretenerse. Yo veía como se le iluminaban los ojillos y me decía:

—“Mira, aquest noi era de la part del Matarranya, aquest altre coquetejava amb la Teresina”.

Yo le preguntaba entonces:

—Y a usted, Lluïsa ¿cuál le gustaba?.

Pasaba entonces a otra foto y respondía nerviosa:

—A mi, el que feia les fotos.

Se le notaba que mentía.

Dio un último repaso a las fotos y se guardó tres:

—“Aquestes son per mi, alguna cosa hauré d’explicar a la residència”.

El café con leche se estaba quedando frío. Se la veía triste , pero continuó:

—“En acabar la guerra, el Quimet, com que era l’hereu, es va quedar a casa. La Conxita va fer un bon matrimoni i a la Teresina i a mi, les dues petites, els pares,ens van enviar a servir a Barcelona. A servir i a engrossir les cues del racionament. Mira que vam arribar a passar gana”

Se acabó el café. Me hizo prometerla que subiría alguna vez a Figueres.

Y cumplí la promesa. Subía un par de veces al año. Se la veía feliz.

Fui fiel hasta la muerte de mi padre. Mi madre quedó sola y necesitaba compañía y ayuda. Al final, las dos cosas.

Cuando falleció mi madre tuvimos que abrir la arquilla, que era el sancta sanctorum de mi padre. Por motivos legales necesitábamos algunos documentos. Le quitamos el polvo, soltamos las hebillas. Mis hermanos y yo teníamos la sensación de estar cometiendo una violación. Nunca nos prohibieron abrir la arquilla, pero ninguno de nosotros habíamos metido la mano allí. Ni siquiera recordábamos haber visto a nuestra madre meter o sacar algo de ella.. Sólo las manos meticulosas de nuestro padre.

Aparecieron bien ordenados los rollos de las escrituras, los libros de contabilidad de la casa, previsiones para gastos ordinarios y extraordinarios, etc. En el fondo una bolsa de soldado llena de monedas de la República. Y un sobre que contenía junto con un recordatorio de defunción del abuelo viejo que había muerto al acabar la guerra, una serie de fotografías pequeñas: unas de las trincheras, otras con los amigos y una serie- diez en total- con unas señoritas endomingadas dentro de una población. Lo bueno que tienen las fotografías antiguas es que llevan por detrás el sello del fotógrafo, la localidad y con un poco de suerte, la fecha. Dimos la vuelta: J. Tort. Fotógrafo. Monturiol 18 Figueras.

Nuestro padre había estado en Figueres cuando la guerra. Eso, lo sabíamos, nos lo había dicho mil veces.

Les dije a mis hermanos que si nos les importaba me quedaba con las fotos.

En el viaje de vuelta a Barcelona estuve haciendo memoria de cuando mis padres venían a pasar una temporada conmigo y la señora Lluïsa bajaba a saludarlos y se tomaba un café con leche. No recordaba ninguna conversación en que se hablara si eran de Aragón o de Figueres y mira que a mi padre le gustaba hablar de Figueres y a la señora Lluïsa de de la guerra. Nada, ni una pista.

Saqué las fotos. No me equivocaba: Mi padre había dejado diez y la señora Lluïsa me había regalado siete, las otras tres se las había quedado ella..

Llamé a la residencia para anunciar mi visita, no quería llevarme una sorpresa. Me comunicaron que la señora Lluïsa había fallecido hacía un par de meses.

Angeles Duesca

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2 Comentaris a “Figueres”

  1. Magui escrigué:

    Angeles, una bella historia ¿de amor?, supongo que si fue así se llevaron con ellos el secreto, dejándonos una duda más que razonable.
    Felicidades

    • Ángeles escrigué:

      Magui,
      Doy con esta página, por casualidad, casi tres años después de tu comentario.
      La vida está llena de historias entrañables, lástima que nos cueste tanto dar con ellas.
      Un saludo.

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