Los Zapatos Rojos
Cada día, al abrir la ventana de la habitación que da al parque, veía a una extraña mujer sentada en uno de los bancos. Su cabello blanco meticulosamente anudado en la nuca destacaba con el luto riguroso de sus ropas. Se sentaba allí horas y horas sin hacer nada ni hablar con nadie, mirando al suelo.
Un día tuve el impulso de bajar al parque para hablar con ella. Al cruzar la calle me quedé estupefacta; la Señora no miraba al suelo sino a sus pies. Llevaba puestos unos preciosos zapatos rojos que no dejaba de observar. Me quedé paralizada contemplándola y no fui capaz de acercarme a ella, desde la distancia seguí mirando aquella mujer hasta que se levantó y su imagen desapareció en el infinito de la calle. Nunca más volví a verla. Cada mañana abría la ventana con la esperanza de encontrarla sentada en su banco, pero no era sí. Pregunté a los vecinos, a la gente del barrio, si sabían quien era. Pero todo fue inútil. Nadie conocía a la Señora de los zapatos rojos. Sin saber por qué la desolación me embargaba cada mañana. Era como si aquel día hubiese descubierto su secreto y por eso ella había dejado de venir a sentarse en el banco. LLegiu-ne més »




















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