abr 07

juventud_vejezNo se trata -como podría deducirse en un principio por el título,- de nada que trate sobre seguros de vida o cosa similar; la necesidad de garantizar la propia vida, se inició mucho antes de que las compañías de seguros y reaseguros aparecieran en la sociedad moderna.

De hecho, su origen coincide con la aparición de los primeros destellos de consciencia en los individuos, cuando estos buscaban formas de organización tribal, aldeas o territorios, como fórmulas de defensa, para los pobladores humanos del planeta.

Es un proceso vinculado con el desarrollo de nuestra mente, que tuvo ayer y tiene hoy, la manifestación específica de nuestra preocupación por procurar la propia supervivencia.

Todos los demás proyectos gestionados a través de nuestro cerebro, son secundarios ante este reto basado en la necesidad de sobrevivir: la búsqueda de cómo garantizar el milagro de la vida, así como el perpetuar la especie, como un hecho que nos trasciende cuando la vida se acaba.

Con la búsqueda de la propia supervivencia, basada en la defensa a ultranza por el deseo del individuo por mantenerse vivo, surgió una necesidad: Intentar hallar fórmulas con las que garantizar o asegurar al individuo el seguir vivo, durante el máximo de tiempo posible.

Inicialmente, la posibilidad por conseguirlo era bastante remota: buscó disponer de una cueva en la que guarecerse, formar tribus en las que la fuerza solidaria le hiciera menos vulnerable, ingeniar armas para defenderse, crear artilugios para comer de la caza y de la pesca, diferenciar las plantas comestibles y aprender a cultivarlas, domesticar animales y sacrificarlos como alimento,… etc. etc.

Con las sociedades industriales o tecnológicamente más avanzadas, y una vez cubiertas las necesidades básicas de comida y abrigo, el ser humano comenzó a preocuparse por cómo asegurar sus posibilidades de sobrevivir ante cualquier tipo de situación adversa.

Hoy en día, se recurre a contratos complejos y a compromisos legales, con los que se intenta establecer unas garantías que cubran lo que para el ser humano siempre ha sido su continua preocupación. Muchas veces estas “garantías” tienen mucho más de valor psicológico que real: si la conciencia cree que puede sentirse tranquila, porque tiene cubiertas tales necesidades, suele llegar a auto convencerse de que ha conseguido una seguridad, aunque de hecho no sea así.

Realmente no hay nada que pueda garantizar nuestra vida, por más documentos, acuerdos y contratos de todo tipo, que lo establezcan. Por eso hay quien sugiere con ironía otra salida: “Podrás garantizar tu vida, si consigues encontrar otra de recambio”.

Javier de la Casa

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