jul 24

Me he asomado al balcón de mi casa en el sexto piso del edificio donde vivo, y los he visto sentados en un viejo banco al sol, junto a los parterres de hierba verde, que hay en una amplia acera. Él ha depositado delante, al alcance de la mano, un andador que le sirve para poder caminar. Y ella sentada a su lado, le acompaña, en un silencioso reposo.

Deben tener entre 75 y 80 años. De él observo su calva rodeada de cabello blanco, como si luciera una corona de laurel romano, dignificando su edad. Ella, a su lado, estira con cuidado su falda sobre sus rodillas. Ya no tiene la melena que debió lucir en su juventud, y que ahora desde mi posición de observador, puedo ver que empieza a clarear.

Ambos visten de forma sencilla, supongo que en función de lo que permiten sus recursos económicos. Pero es evidente que se acompañan: se saben ahí, cerca, uno junto al otro, compartiendo lo poco que todavía no han perdido.

Él alarga la mano cerca de ella, con la palma abierta sobre el asiento del banco, sin rozarla pero sin alejarse. Al cabo de un rato se hablan, trazan con la mano su ruta de regreso, y comentan algún tema común. Parecen compartir ya un largo camino.

Pienso en qué le sucederá al otro, cuando uno de ellos falte. Quizás no sea el caso, pero cuando ha habido toda una vida compartida, de mutua compañía, superando situaciones, quizás con hijos que ya hoy hacen su vida, y ahora en definitiva solos, es seguro que se sienten y saben compañeros. Hasta ese fin, que por edad ya no apunta demasiado lejano.

Otros les seguimos en el camino, la única diferencia es que ellos lo empezaron antes y otros lo hacemos después: en definitiva, estamos en la misma vía, aunque en distintas estaciones.

Y desde la altura de mi atalaya, me pregunto sobre cual será nuestra suerte y la de millones de seres, que en estamos repartidos por distintos estadios de este recorrido. ¿Va a seguir igual?,… ¿Quizás mejor?,… ¿O distinta y gris.?.

Cuando la situación de los estados, por las razones que sean -y muchas no demasiado éticas,- bajan el nivel de cobertura de seguridad de sus ciudadanos a niveles que no alcanzan ni el mínimo de subsistencia, es señal de que algo se ha hecho muy mal.

A una civilización entera, que en los últimos 100 años ha dado un salto exponencial científica y tecnológicamente, y que ahora retrocede a niveles que no alcanzan las coberturas mínimas para su alimentación, salud y educación, no se le puede decir que todo el esfuerzo acumulado de varias generaciones se ha ido por el sumidero de la incompetencia, o a nutrir bolsillos de desaprensivos.

Se dice que cuando la voracidad de un sistema devora a sus ciudadanos, es un hecho similar a la madre que devora a sus hijos: ha devenido en algo antinatural. Y todo lo que es antinatural acaba hipertrofiándose, y canibalizando su propio futuro.

Muchas de las personas que ahora tienen entre 60 y 75 años, tuvieron como niñez y adolescencia los largos períodos de postguerra, llenos de ausencias, carencias y dificultades. Llegados ahora a su última etapa, se enfrentan a una situación de retroceso que les hace cuestionar cómo va a ser su futuro, cómo afrontarlo, sabiendo además que no han sido ellos los culpables de haberla generado.

Algunos manifiestan que la solución es volver a resituarnos para competir, a base de reducir destruyendo para volver a aumentar creciendo, y así reinventar una vez más lo mismo. Como si se tratara de un modelo infinito, que se desinfla y se infla, sin contar que dicho vaivén está soportado por millones de seres que sufren dichos procesos.

No se trata de repetir de nuevo lo que ya sabemos que se ha hecho mal, si no de evitar precisamente que se vuelva a reproducir. Y no solo por los que ya son mayores o ancianos, si no por las generaciones nuevas que se incorporan, y a las que la expectativa de futuro es tan incierta que parece no existir.

Los procesos de repetición infinita, especialmente en economía, no existen. Igual que el movimiento continuo, en nuestro mundo, solo se sostiene como teoría.

Los procesos simplemente evolucionan, y hay que gestionarlos para buscar cómo mejorarlos con cada nuevo cambio: se trata de mantener lo ya alcanzado para mejorarlo con un proceso creativo, y no destruirlo para volver a rehacerlo. El primero es un proceso de creadores, y el segundo simplemente de incapaces.

Cuando alcancemos el suficiente conocimiento, para entender y aceptar que estamos en una crisis porque necesitamos modificar y mejorar el modelo, empezaremos a establecer el camino que nos es sea necesario y útil. Y con un poco de suerte: a andarlo.

Javier de la Casa

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