set 15

abuelaEl pasado verano me despedí de las mini-vacaciones que hacemos desde que mi madre y el señor Alzheimer viven con nosotros. Cada año el deterioro cognitivo y físico avanzan con más rapidez. La medicación ya no frena el avance de los daños colaterales: perdida de memoria inmediata, recuerdos del pasado que desaparecen, seres queridos que ya no puede recordar ni reconocer en las fotografías familiares, preguntas obsesivas por temas como por ejemplo, preguntar la hora cada dos minutos después de haber consultado su reloj, para confirmar que sigue funcionando y sigue marcando la hora correcta. Si a esto se le añade la falta de control ocasional de una función metabólica bastante engorrosa ya tenemos todos los ingredientes para no animarte ni ilusionarte por salir de la “zona comoda”. Con este panorama por delante pensamos que ya no podríamos salir de nuestro encierro casero.

¿Que podíamos hacer? Coger el mismo apartamento en Calafell? Imposible, después del “incidente” en la piscina del ultimo verano. ¿Un hotel? demasiado barullo de gente, los tres en la misma habitación, problemas con las comidas de fritanga y rancho cuartelario. Totalmente inapropiado. ¿Coger un apartamento sin piscina, con la única opción de bajar a la playa? Tampoco podíamos por los problemas de movilidad de mi madre. ¿Que nos quedaba? Y alguien dijo: ¿y si cogemos un bungalow en el camping de Santa Susana? Yo al principio creí que se trataba de una broma, pero poco a poco fuimos analizando los pros y los contras. Un bungalow para nosotros tres con dos habitaciones individuales. Bien! Con piscina. Bien! Siempre podríamos bañarnos por turnos. Recordaba que la playa no era una maravilla, ya que estaba formada por pequeñas calas con rocas y poca arena, y muy mal camino para acceder, pero siempre podríamos dar un remojon a los pies de la abuela en la playa larga. Y al camping que nos vamos.

¿Que como ha ido? Pues mejor de lo que yo esperaba. Siempre que hacemos una salida fuera de lo normal con mi madre y el señor Alzheimer, me surgen muchas dudas, muchos miedos, muchas vacilaciones. El primer día fuimos toda la familia. Mi hijo nos trajo con el coche y los bártulos playeros. Íbamos la abuela, yo, mi hijo, mi nuera y mi nieta en su silleta. Mi marido y mi hija tuvieron que subir en el tren. Los primeros días se quedo mi hija, aprovechando que tenia a su pareja de visita familiar en Alicante y que tenia cuatro dias de fiesta del trabajo. La verdad es que nos fue muy bien contar con ella por su ayuda y sobretodo por su compañía. Así pues, la abuela se “aclimato” poco a poco al nuevo hogar. Para las personas enfermas de Alzheimer lo peor que les puedes hacer es romper sus rutinas y sus costumbres. Le explicamos con mucha paciencia y repitiéndolo hasta la saciedad que estábamos de “vacaciones” y que íbamos a pasar una semana en aquella casita tan bonita de madera y en aquel lugar tan hermoso rodeado de pinos y de pájaros. En definitiva que “le vendimos la moto” y colo.

Fuimos a la playa, la cual había sido “remodelada” completamente “robandole” arena a no se sabe que desierto o fondo marino y “robandole” al mar una parcela marina, que supongo, que ya se encargara de recuperar en cuanto tenga ocasión de hacerlo este otoño o invierno. Como iba diciendo, fuimos a la playa con la abuela, las silletas, la sombrilla i la enorme bolsa playera con las toallas, las cremas protectoras factor 50, las botellas de agua fresca y la llave del bungalow. Allí la abuela pudo remojarse los pies y aliviar la hinchazón de las piernas varicosas con las olas que rompían en la orilla agarrada por dos personas para que no acabara dejando sus muy honorables posaderas en la remojada arena. Todo y así no se libro de que una ola viniera con más fuerza que las anteriores y su vestido veraniego acabara mojado mucho mas arriba de las rodillas, con el consiguiente enfado de la abuela, que ya se quería ir. Finalmente la convencimos de que aquello era “medicinal” para ella y se quedo.

Para ir a la piscina haciamos “turnos”. Mientras uno de nosotros se quedaba con la abuela los otros dos se iban a bañar. Y así ibamos haciendo relevos con el turno de baño y con el turno de “canguro”. Sentada en una silleta en el único rincón de la piscina en que no llegaban los rayos maléficos del sol, la abuela disfrutaba observando a los más pequeños bañarse en la piscina acondicionada para ellos donde no cubría más allá de la rodilla de un adulto y donde los más peques disfrutaban con sus juegos, sus correrías y sus chapoteos. Y el resto disfrutábamos de un merecido baño “relajante” en la piscina rellena hasta la saturación de alemanes, holandeses y suizos.

El resto del dia era prácticamente lo que hacemos diariamente en casa: pensar que vamos a comer hoy, comprar en el súper lo necesario, hacer la comida, un poco de tv, un poco de música, un poco de lectura, un poco de charla familiar intrascendente, comentar las noticias, el choque en la estación de Francia…. en fin una vida sin grandes cambios, para que el señor Alzheimer no se altere más de lo debido.

Rosa C.L.

Julio 2017

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