des 28

 Escuchando la radioEl tenia 26 años, ella tan solo 18.Se casaron el 16 de Enero de 1915 en la iglesia parroquial de un pueblo de Aragón situado en la ribera del rio Jiloca. No quedan recuerdos gráficos de ese día. Eran mis abuelos maternos y solo conocí a mi abuela, ya que mi abuelo murió el mismo año que yo nací. Tuvieron siete hijos, cinco hijas y dos hijos, mi madre era la mayor de todos los hermanos. Las faenas del campo, era el trabajo habitual para los jornaleros del lugar, aunque también había trabajos de alfarería, que todavía hoy perduran y molinos para fabricar polvora, muy apreciada en toda la provincia, ya que venían a buscarla desde diversos lugares del país. Hoy se puede visitar uno de esos molinos, recuperado por el ayuntamiento.

Me imagino una vida austera, sin grandes cambios, días todos iguales, con muchas horas de trabajo, poco futuro, la comida justa para una familia que iba creciendo cada día más.

La guerra había dejado un rastro de pobreza en todas partes, sobre todo ­para los vencidos. Los campesinos aragoneses que formaron parte de los colectivos agrícolas se vieron despojados de las tierras que cultivaban y tuvieron que trabajar para los nuevos dueños por míseros sueldos que apenas alcanzaban para llevar comida a su familia.

Las familias numerosas, que entonces abundaban mucho, lo tenían difícil para salir adelante, por eso no es extrañar que algunos hombres se rindieran al pesimismo y decidieran que no valía la pena seguir viviendo en un mundo sin futuro.

El 11 de Abril de 1944, el día amaneció gris y estuvo lloviendo toda la mañana. Parecía que presagiaba lo que iba a pasar. A la hora de comer, mi abuelo no había regresado a casa y salieron a buscarlo. Lo encontraron en una cuadra a las afueras del pueblo. No dejo ninguna nota.

Lo enterraron en un rincón del cementerio, y de repente, mi abuela se encontró viuda y con cuatro hijos a su cargo. Los tres mayores ya se habían ido de casa en busca de otra vida mejor, lejos del hogar donde nacieron. Las dos hijas mayores se fueron a servir en casas de lo que entonces se llamaba “gente acomodada”. El hijo mayor encontró trabajo en la Renfe.

Los pueblos pequeños eran mal sitio para salir adelante sin el hombre de la casa y es por eso que mi abuela decidió marcharse a Barcelona, donde sabia, por una hermana suya, que en la ciudad tendría más oportunidades para ella y sobre todos para sus hijos. Mi abuela nunca regreso al pueblo.

Cogió los pocos enseres que tenia y en lo que supongo un largo viaje en aquellos trenes de vapor, donde la gente compartía lo poco que tenia, sentados en incómodos bancos de madera y respirando el humo que entraba por la ventanilla, llego a la gran ciudad, donde su hermana le había buscado una planta baja, con patio, en un barrio humilde, junto a la Riera de Horta, en el límite de la ciudad, al lado de campos de payes y donde había trabajo al menos para su hijo.

La hija que estaba en edad de trabajar, encontró su puesto en una fábrica textil, que por entonces empezaban a florecer en el barrio de Poble Nou.Las dos hijas pequeñas ayudaban en las faenas de la casa, y en cuanto tuvieron edad, entraron también a trabajar en otra fabrica del mismo ramo laboral.

A pesar de los duros momentos que habían pasado, empezaron a vivir con esperanza una nueva vida en la ciudad, unidos en el dolor y en el recuerdo, fueron poco a poco encontrando su lugar en un entorno distinto del que habían vivido hasta entonces.

Cuando mis padres decidieron irse a Barcelona, mi abuela les dijo que se fuesen a vivir con ellos, de esa manera estaría cerca de su primer nieto, que ya tenía 2 años, y así alegraría la casa. Un año más tarde nació mi hermano y ya fueron dos los juguetes con los que se entretenían mis tías.

Vivíamos todos juntos, ahora necesitamos una habitación para cada uno y dos lavabos para cada piso, televisión, móviles y demás aparatos que nos aíslan del entorno y de la relación familiar. Entonces bastaba con las conversaciones por la noche, después de cenar, alrededor de la mesa todo se comentaba.

Recuerdo a toda la familia mirando el hornillo nuevo de petróleo que habían comprado y que sustituyo a la cocina económica de carbón, con la que cocinaba mi abuela. Más tarde cuando compraron la radio se abrió una ventana de aire fresco en nuestra casa. Pusimos un estante en un rincón del comedor y allí la colocamos. Oíamos las noticias, el futbol ,los discos solicitados etc.etc.

Los hombres se iban pronto a dormir porque se levantaban muy temprano, pero a mis tías y a mí nos gustaba escuchar las obras de teatro que radiaban. También hacían concursos, cuentos y otros programas que nos servían de entretenimiento.

Mis recuerdos de esa época son todos muy agradables. Envueltos en el cariño de toda esa familia fuimos creciendo sin problemas. Donde vivíamos, era un barrio humilde y tranquilo, donde todo el mundo se conocía y en verano, por la noche, era habitual sacar las sillas a la calle para “tomar el fresco” y conversar con los vecinos. Los niños podíamos jugar en la calle sin peligro. Hacíamos partidos de futbol con viejas pelotas recosidas una y otra vez, otras veces nos íbamos a jugar a la riera a escondernos entre las cañas o a coger tomates de los huertos cercanos.

También nos entreteníamos con la peonza, las canicas, el churro media manga mangotero y otros juegos para los que no hacían falta nada más que imaginación. Esperábamos con ilusión el día de los Reyes Magos, no traían tantas cosas como ahora, pero a nosotros nunca nos falto algún juguete. Recuerdo un caballo de cartón que se balanceaba y junto con mi hermano y dos espadas de madera, que nos hicieron mi padre y mi tio, nos pasábamos horas y horas jugando. También nos hicieron, de manera totalmente artesanal, un patinete, con maderas, cojinetes de bolas y cáncamos que era la envidia de los otros niños.

En 1954, mi tío se caso, y fue el primero en marchar de casa. Yo fui su padrino de boda. En esa época y para aprovechar el espacio, dormíamos juntos. Después de almorzar, nos vestimos para la ocasión. Yo aproveche el traje de primera comunión, y fui a llevar a la novia el ramo de flores.

Mi tía, la mayor, se quedo soltera, pero siempre estuvo rodeada de sobrinos. Las otras dos se casaron el mismo día. Guardo de ese día una fotografía con toda la familia y a veces la vuelvo a mirar, para recordar aquellos momentos de felicidad.

Habían conocido a sus novios en un local de una cooperativa de payeses, donde los domingos por la tarde hacían baile. Mis padres se encargaban del guardarropía, y mi hermano y yo los acompañábamos, así que oíamos la música y mirábamos como los jóvenes se divertían. A veces, nos llevaban al cine del barrio, donde hacían sesión doble o sea dos películas y en la media parte, nos compraban una bolsa de patatas fritas o de cacahuetes.

Poco a poco se iban marchando, cada uno a su nuevo hogar, el tiempo pasa rápido y también yo me case y me fui. Cuando murió mi padre, mi hermano se quedo en casa con mi abuela, mi tía y mi madre. Decía que era el joven más cuidado del barrio, al salir de casa las tres le iban recordando que si llevaba el pañuelo, que si llevaba dinero y todas esas cosas que nos dicen los mayores.

También se fue cuando se caso y en la casa se quedaron las tres juntas. Trabajaban en casa para una fábrica de caramelos, envolviendo paquetes de chocolatinas y dulces, era lo que los “listos” de ahora llaman “economía sumergida”, pero para ellas era una ayuda importante y además, que nieto o bisnieto no recuerda con cariño aquellos dulces.

Mi abuela falleció en febrero de 1991, le faltaba muy poco para cumplir los 95 años.Nunca fue propietaria de nada, como dice un poema que leí una vez “Al que nada tiene, testar poco le cuesta”. Ni siquiera tuvo derecho a una jubilación o pensión, dijeron que no había cotizado. Que sabrán ellos lo que es cotizar, “cotizar“ fue para ella sacar adelante una familia, cuidar nietos, cocinar, trabajar en casa hasta los 90 años y dar cariño a todos.

De vez en cuando, los nietos de esa gran mujer, nos juntamos a comer, y siempre, siempre hacemos un brindis por la abuela, porque de ella venimos todos, y ninguno de nosotros olvida los momentos que pasamos a su lado, cuando éramos niños. Gracias abuela!!!

 

 

CUANDO ERAMOS NIÑOS de Ricardo Biendicho

1896-1991

 

 

 

 

 

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