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Diagonal MarLlevo días dando vueltas al tema que nos hemos propuesto para escribir. Cada una de nosotras podíamos escoger hacerlo sobre un rincón de Barcelona, nuestra ciudad; un lugar emblemático, un barrio, un espacio concreto etc…me decidí por una cafetería/restaurante del centro donde la historia nos habla de escritores que se reunían haciendo sus, imagino, maravillosas tertulias. Me propuse ir un día, tomar un café y retroceder en el tiempo imaginándome integrada en ellas, pero llegó el otoño y trastocó todas mis expectativas. Si lo que pretendo es transmitir lo que siento, lo que me dice a mí en particular un lugar, no puedo irme de mi barrio, Diagonal Mar.

Vivo en él cuarenta y cuatro años de los cuales, en aquella época, muchos nos sentíamos como en una isla en terreno de nadie, entre Poblenou y Besós pero más concretamente entre la c/ Selva de Mar y Josep Pla y por supuesto un barrio sin nombre, con calles cortadas, tierra y polvo que cuando hacía viento subía en tornados a alturas que era un espectáculo observar. Muchos vecinos de los pisos altos hicimos fotos. Cuando llovía era otra historia, mis hijas disfrutaban jugando en los charcos, mojándose y llenándose de barro hasta las orejas; no exagero, jugaban con tanta intensidad que la imagen que recuerdo de aquella época es de un día de invierno que cansadas de jugar llamaron a casa para que bajásemos a buscarlas. Ellas eran como Zipi y Zape. Al verlas sentí una mezcla de incredulidad-rabia-ganas de reír: Se habían subido hasta los codos las mangas del jersey de lana por donde asomaban los bordes de la camiseta de felpa (blanca cuando se vistieron). Las dos llevaban el pelo largo y suelto; el barro se había expandido por toda la melena. Supuse que cada vez que les molestaba intentaban sujetarlo por algún sitio. Los pantalones sucios, las rodilleras empapadas y las manos sucias, heladas y rojas como tomates.

En este instante me viene a la memoria aquella canción “Que tiempo tan feliz que nunca olvidaré…” pero reconozco que feliz no fue solo aquel tiempo. A lo largo de los años muchas experiencias vividas con nuestros vecinos, hoy amigos, hacen que mi barrio sea para mí especial, porque lo fuimos creando día a día con nuestras aportaciones y reivindicaciones, que de todo hubo, aunque lo mejor eran las fiestas que empezamos a celebrar. Los papás se convirtieron en Reyes Magos que personalmente entregaban los juguetes a nuestros niños y esta emoción vivida tan de cerca hizo que nos uniéramos más. Luego, entre los primeros vecinos, muchos de ellos nacidos en Poblenou, se creó la Comisión de Fiestas que poco a poco fue creciendo en cantidad de socios y en calidad de festejos. Con el tiempo, la pista de baile hecha con tablas de quitar y poner, bajo la dirección del carpintero de la comisión (todos aportaban su especialidad) y colocada sobre la tierra, nos permitía bailar hasta la madrugada reduciendo la cantidad de polvo que se generaba.

Las esposas de los hombres de la comisión colaborábamos en todas las tareas que se nos encomendaban con dos especialidades: una chocolatá para todas las edades por la tarde y ya de madrugada al acabar las actividades, el barrido diario del triángulo que forma nuestra calle.
Tiempos felices entonces y tiempos felices ahora…que tenemos a nuestro alcance todas las posibilidades de transporte público sea cual sea nuestro destino, que las calles están abiertas en todas las direcciones, que en un plis-plas nos acercamos a la playa y sin problemas de tráfico podemos darnos un maravilloso baño cuando el sol todavía sale por el horizonte o a la luz de la luna. Felices porque la Diagonal asfaltada y llena de árboles, palmeras y bancos, permite a vecinos y amigos, algunos de ellos con bastón, andador o silla de ruedas; en grupo o acompañados por familiares o cuidadores, se distraigan con el paso de otras generaciones que con atuendo deportivo preparan la próxima maratón; o los patinadores, ciclistas o tranquilos paseantes que solo aspiramos a gozar del paseo o como máximo hacer los 4’400 metros que hay del extremo de Diagonal-Mar a Glorias en unos 50 minutos. ¡Todo un récord!

Tiempos felices porque estamos rodeados de parques, oficinas de nuevas empresas que llenan el barrio de gente joven, de turistas alojados en la variedad de hoteles de la zona, que se acomodan en algún bar a gozar de la cervecita, edificios modernos de cristal que cuando sale el sol multiplican su luz y llenan de alegría mi casa y cuando llega el otoño como ahora…mi corazón se desborda viendo las tonalidades de los árboles, cómo pasan del verde al dorado, al tostado y comienzan a caer hojas y un día llega una ventisca, llueve y la naturaleza nos regala una alfombra maravillosa que, como me pasó el otro día al volver del Centro Comercial por medio de la Diagonal, pensé que no podía dejar pasar la imagen; subí a casa cogí la cámara y bajé a fotografiarla. Y lo mismo ocurre con la enredadera del parque de la petanca con tonalidades amarillas, ocres, rojos…o ver cuando se pone el sol por el extremo de Las Glorias y su luz rojiza en el centro mismo de la Diagonal se filtra entre los árboles e irremediablemente tienes que pararte, gozar y soñar.

Por eso no he necesitado situarme en otro lugar. Mi barrio es precioso siempre y en otoño más.

Ángeles Bosch

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2 Comentaris a “Mi querido barrio en otoño”

  1. Mª Jesús Mandianes escrigué:

    Realmente la evolución del barrio es sorprendente, de ser esa zona donde “la ciudad cambia de nombre”, y gracias a la lucha vecinal logró poco a poco pequeñas mejoras, al lugar ultra moderno, casi futurista que fascina a propios y extraños. Y tu con tu alegría contagiosa, recordando los tiempos pasados, pero también disfrutando de la evolución de la zona.

  2. pilar Zabala escrigué:

    Quina sana enveja m’ha produit llegir el esdeveniments passats i presents del teu barri. Comprenc molt bé que et sentis acollida i feliç en aquest indret de Barcelona. Es una sort poguer compartir bons i no tan bons moments amb els veïns.

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