El humilde pastor de ovejas, aquel día se sentía dueño del mundo; había conseguido cerrar una venta, y había recibido como pago una hermosa y reluciente moneda de plata. Hay que decir que un duro de plata equivalía a un importe de cinco pesetas, y esa cantidad era aproximadamente el salario medio de un día de un artesano de oficio. Esto no era nada baladí si pensamos en el menguado salario, a veces incluso inexistente, que solía recibir el pastor. Por miedo a que se la robaran, buscó un escondrijo en el monte y escondió su moneda en él, con tan mala fortuna que alguien emboscado le estaba observando desde lejos. Cuando el pastor marchó, el malandrín que le había observado se acercó al escondrijo y le hurtó la moneda que con tanto cuidado había atesorado.
Unos días después, cuando el pastor volvió a pasar por el lugar, quiso comprobar su pequeña pero para él importante fortuna, y se llevó la amarga sorpresa de constatar que se la habían robado. Apesadumbrado y sin saber que hacer, estuvo dos días con fiebre y tres más pensando en como podía recuperar su moneda de plata, pero desconocía quien podía haber sido el autor de tal fechoría, y se devanaba los sesos en qué podría hacer que tuviera éxito. Por fin se iluminó su mente, y gestó una idea que consideró había de permitirle recuperar su moneda. LLegiu-ne més »



















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