Asturias, tierra de donde provienen parte de mis raíces familiares, es un lugar que siempre me ha cautivado, tanto por la orgullosa nobleza que poseen sus gentes, como por los magníficos paisajes que allí existen. Son estos unos paisajes que combinan el tierno y esplendoroso verdor de sus prados con la cristalina trasparencia de los lagos y ríos que transcurren cantarines a través de la espesura de sus montes. He de reconocer que existen cantidad de bellos rincones que pueden ser fácilmente evocadores de aquellas mágicas historias que hablan de la escondida existencia de unos seres diminutos llamados Hadas y Gnomos. LLegiu-ne més »
Una vegada, temps era temps, a Can Prat hi havia un amo poderós que governava amb intel.ligència terres, espessoralls i ramats. Tothom és sabedor, per aquella contrada del Montseny, que Can Prat és una casa antiga que té més de cinc-centes quarteres de bosc i cent noranta de terra campa i prats frescals. En aquella època, a més, li feien censos de domini dotze masos petits i arreu de la muntanya, posseïa altres set masoveries que habitaven bona gent pagesa.
A l’amo de Can Prat li esqueia, a vegades, de caminar per les rouredes. Coneixia el que vol dir el vent quan passa pel cim dels pollancres.
Copsava el bordar dels gossos, a l’hora vespertina, entre els suros i els aulets o el dring a penes audible, del ramat que va cap a la cleda. Com que era un home triscador, sovint se li feia de nit ben enllà dels dos turons que atermenaven la seva propietat i, encara amunt i amunt, pujava- segur de pas-, sota la celístia variable, tiranys i migs camins fins a les engires de la Vall de Santa Fe, on hi ha la gran penombra. LLegiu-ne més »
Al atardecer todas las niñas del pueblo vestidas de oscuro y con un pañuelo portugués anudado al cuello nos reuníamos cerca del cruceiro, luego acompañadas por nuestras madres caminábamos hasta la ladera de una colina, allí nos esperaba una gran fogata que habían encendido los hombres del pueblo. Entonces entrelazadas las manos y formando una rueda cantábamos en torno al fuego, mientras los adultos arrojaban castañas y acercaban boniatos a la hoguera.
Cuando la lumbre se apagaba y no quedaba más que ceniza, la cogíamos con los dedos y entre risas nos tiznábamos la cara hasta parecer “animas en pena”. Después de comer castañas y boniatos, siempre surgía de alguna cesta un enorme roscón que habían preparado las mujeres en un antiguo horno comunitario, mientras lo repartían en el centro del circulo aparecía una “bruja” que contaba historias espeluznantes, la más aplaudida era la de la Santa Compaña.
Nos contaba que unos años atrás, en un anochecer de “fieles difuntos”, un labrador volvía a su casa después de un duro día de trabajo, cuando de pronto el bosque entero enmudeció, el viento dejó de soplar entre las hojas de los árboles y el resplandor de la luna, que ya brillaba en el cielo se volvió opaco. De entre la maleza ascendía un fuerte olor a cera quemada, instintivamente movió la cabeza buscando su procedencia, aterrorizado descubrió pasando frente a el dos filas de seres casi etéreos, vestidos con túnicas blancas y portando grandes velas encendidas. Con horror pudo ver al final de la procesión una silueta femenina portando una cruz. !Era su mujer¡, enferma desde hacia unos meses sin que ningún médico pudiera descubrir la causa de su mal.
María se acercó a el con gesto de profundo cansancio y mirándole con tristeza le entregó la cruz, que el pobre desgraciado aceptó, sin saber que firmaba su sentencia de muerte. A partir de aquel momento mientras ella recuperaba la salud, su hombre amanecía cada mañana más cansado, mas delgado y más pálido, al poco tiempo murió sin que nadie pudiera imaginar porque…
Mª Jesús Mandianes














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