feb 05

El humilde pastor de ovejas, aquel día se sentía dueño del mundo; había conseguido cerrar una venta, y había recibido como pago una hermosa y reluciente moneda de plata. Hay que decir que un duro de plata equivalía a un importe de cinco pesetas, y esa cantidad era aproximadamente el salario medio de un día de un artesano de oficio. Esto no era nada baladí si pensamos en el menguado salario, a veces incluso inexistente, que solía recibir el pastor. Por miedo a que se la robaran, buscó un escondrijo en el monte y escondió su moneda en él, con tan mala fortuna que alguien emboscado le estaba observando desde lejos. Cuando el pastor marchó, el malandrín que le había observado se acercó al escondrijo y le hurtó la moneda que con tanto cuidado había atesorado.

Unos días después, cuando el pastor volvió a pasar por el lugar, quiso comprobar su pequeña pero para él importante fortuna, y se llevó la amarga sorpresa de constatar que se la habían robado. Apesadumbrado y sin saber que hacer, estuvo dos días con fiebre y tres más pensando en como podía recuperar su moneda de plata, pero desconocía quien podía haber sido el autor de tal fechoría, y se devanaba los sesos en qué podría hacer que tuviera éxito. Por fin se iluminó su mente, y gestó una idea que consideró había de permitirle recuperar su moneda.

Fue a la taberna del pueblo, y se mostró ufano y alegre como si nada le hubiera sucedido. Ante ello los demás parroquianos le preguntaron cual era el motivo de su alborozo, y él les respondió: “Guardé una moneda de plata que gané, y con otra que hoy cobré, dos monedas que tendré”

Entre los parroquianos debía estar el autor del robo, o bien alguien comentó en público el gozo del pastor. El ladrón pensó que el pastor aún no había descubierto el hurto, y que por lo tanto, iría a añadir una moneda más a la que aún creía tener en su escondrijo. Pensó que si ponía de nuevo la moneda hurtada, el pastor no descubriría el hurto y añadiría la otra, y de esta forma podría robarle las dos. Cuando el pastor, al cabo de un par de días fue a su escondrijo, halló la moneda hurtada que lógicamente retiró y guardo a buen recaudo, para evitar que se la volvieran a robar.

Fue ingenioso el pastor, y recurrió a la codicia del ladrón quien quería hacerse con las dos, y así él recuperó la suya. Nunca supo quien le hurtó, pero se regodeaba pensando en la expresión del ladrón, cuando esperando hallar dos monedas, no halló ninguna.

Javier de la Casa

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3 Comentaris a “El ingenio del pastor”

  1. Rosa escrigué:

    Me ha transportado a la novela picaresca española, esta narración. Felicidades!.

  2. Mª Jesús Mandianes escrigué:

    ¡El ingenio del pastor pudo más que la codicia del ladrón! ¡Qué buena lección en estos tiempos que corren!

  3. Magui escrigué:

    Desde luego seria bueno y oportuno que la historia se repitiera y que se repitiera ya!!!!!!!!!!!

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