oct 11

cineSiempre que tengo que cruzar por la calle del Ter, recuerdo el viejo cine de barrio que hace más de treinta años, fue consumido por las llamas y de sus restos soló quedó un triste montón de cenizas. Tenia siete años y acababan de comprarme mis primeras gafas. Como mi madre hacia el turno de tarde de dos del mediodía a diez de la noche en la fabrica de Can Narbona, mi padre que el pobre, no sabia que hacer conmigo, me llevaba muchas tardes al cine, donde conocía a todos los acomodadores y a las taquilleras que nos dejaban “colar” cuando ya había empezado el NODO y la sala estaba completamente a oscuras. Recuerdo especialmente aquella tarde por el miedo que pase con la película que estaban poniendo: Psicosis.

Durante la media parte o “descanso” de la sesión,  podías salir al vestíbulo a estirar las piernas, fumar un cigarrillo, ir al wc o comprar cacahuetes, altramuces, chufas y garbanzos secos que te vendía la misma taquillera en un pequeño puesto, en el mismo vestíbulo del cine. Pero a mi lo que más me gustaba eran unos caramelos masticables que vendían dentro de una bolsa de celofán, que si no recuerdo mal se llamaban “Darlings”. Hay que ver el ruido que se organizaba dentro de la sala entre los que rompían las cascaras de los cacahuete y los que desenvolvíamos el papel de celofán para comernos un Darling durante el pase de la película.

Yo tenia la fea costumbre -según mis padres, claro- de sacarme los zapatos durante la proyección, ya que los asientos duros de madera no facilitaban la circulación de la sangre y en ocasiones, notaba un molesto hormigueo en las piernas. Lo malo es que cuando quería volver a ponérmelos, no los encontraba donde yo los había dejado, ya que las personas que cruzaban por la fila de un lado a otro, los pisaban o los empujaban perdiéndose en la oscuridad de la sala. Solo cuando se encendían las luces podía volver a recuperaros, pero ya por entonces me había llevado una colleja de propina.

Desde entonces,  el solar fue ocupado por un gran bloque de pisos de alto standing, como ponía el cartel de la fachada y en sus bajos florecieron varios locales comerciales, que estuvieron durante mucho tiempo a la venta sin que llegaran a ocuparse. Alguna vez veías abrir uno o dos comercios, pero duraban poco y de nuevo las persianas estaban bajadas. Ahora hay una frutería donde acostumbro a comprar por esta época del año las primeras cerezas, pero me ha dicho la dependienta que pasado este verano cierran el local.

Me gusta pensar que los fantasmas de Clark Gable, Bette Davis, Gary Cooper y todos los malos y malas de las películas que vi durante mi infancia y adolescencia, se pasean por los locales haciendo ruidos siniestros con el papel de celofán de los Darling o tirando las cascaras de los cacahuetes al suelo, para más tarde pisarlas y oír como crujen y así espantar a los posibles compradores que vienen a perturbar su última sesión.

Rosa C.L.

Junio 2016

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Un comentari a “El viejo cine de barrio”

  1. Esther escrigué:

    Quin relat mès entrañable. M’encanten aquest fragments de la teva infantessa…jeje

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