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Escribir en primera persona una historia que conozcas bien, pero cambiando el sexo y la edad, etc.

Carona Turismo : Donne di montagnaEn el pueblo era costumbre que cuando un zagal se ennoviaba con una zagala la “raptase” y se la llevara a su casa, con su familia, donde vivían como matrimonio, pero sin necesidad de que un cura les diera su bendición. Eran los tiempos de la República.  Yo me lleve a Blanca. Tenía diez y seis años y era la zagala más rebonica de todo el pueblo. Pero nuestra felicidad duro muy poco. Estallo la guerra civil y tuve que alistarme. Ella quedo con mi familia y junto con mi hermana, pasó grandes penurias, ya que no había ningún dinero que entrara en la casa. Solo la pequeña huerta y el trueque con el resto de vecinas, les permitía no morir de hambre.

Manteníamos el contacto a través de las cartas que nos mandábamos. Ella no sabía leer ni escribir, pero entre el cura del pueblo y mi hermana le enseñaron lo más básico. Cuando llegaba la correspondencia al frente, tenia que pasar una censura previa. Recuerdo que cuando llegaba una carta suya al frente, me llamaba el capitán para que yo se la leyera porque no había manera de entender aquellas breves misivas, donde explicaba como estaba la familia y como transcurría la vida en el pueblo. Por ellas supe que la había dejado embarazada, pero que la criatura no sobrevivió más de un par de meses. No tenia leche suficiente ni comida.

Estuve en el frente del Ebro, en Barcelona y en Madrid donde me hicieron prisionero al acabar la guerra. Blanca y mi hermana, vendieron todo el ajuar de la casa por cuatro reales, para poder comprar un par de billetes para viajar hasta Madrid, donde estaba internado en un campo de concentración. Allí coincidí con mi cuñado, Paco el Rojo, pero la alegría inicial del encuentro, se trunco rápidamente. Un buen día se lo llevaron junto con otros camaradas y no lo volvimos a ver.

El día que llego mi mujer y mi hermana les tuve que dar la mala noticia. Según el informe que le dieron a mi hermana, su marido resbalo en la ducha, con la pastilla de jabón y se abrió la cabeza. No pudieron hacer nada por él. Desgraciadamente eran muchos los que resbalaban en las duchas con la pastilla de jabón.

Cuando volvieron al pueblo, fueron a ver al cura para pedirle que escribiera una carta intercediendo por mí. Mi mujer volvía a estar embarazada. Lo hizo, igual que lo había hecho por otros hombres del pueblo, pero siempre se aseguraba que a quienes intentaba defender, no tuvieran las manos manchadas de sangre, refiriéndose a venganzas personales. El sabía que no era mi caso y salió en mi defensa.

Cuando llegue al pueblo lo primero que hice fue ir a darle las gracias y me dijo:

– Antonio, la semana que viene te quiero ver aquí en la iglesia con tu mujer y tu hija, porque os voy a casar y a bautizar a la pequeña.

Y así fue, como “pagamos” la deuda que habíamos contraído con el párroco. Nunca más he vuelto a entrar en una iglesia, pero siempre he acompañado a mi mujer hasta la puerta y la he esperado en el atrio hasta que ha finalizado la misa.

El párroco duro poco en el pueblo. Al poco tiempo de acabar la guerra le llego una carta donde se le informaba que lo trasladaban a otra parroquia. Por mucho que lo buscamos, nunca pudimos volver a dar con él.

 

Rosa C.L.

Octubre 2022

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