oct 09

Cuando nos hacemos mayores vamos hilvanando el tejido de nuestras vivencias para construir el vestido que nos arropara a lo largo de la vida que nos quede. Unimos verde con verde, rojo con rojo, a cada paso el telar recobra sentido y le vas dando la forma y el color que te gusta y conviene. Durante muchos años de tu vida no tienes consciencia de lo que pasa por ella simplemente funcionas como un autómata perdiéndote las pequeñas cosas, las que te enriquecen y harán grande. Con los años vas tomando distancia y adquiriendo sabiduría. Es entonces el momento de empezar a tejer tus recuerdos.

Tendría seis o siete años cuando conocí a mi primera amiga. Ella se llamaba Komarica y era una vecina del barrio. Komarica la dama de mi infancia, mi dama de los botones. Sobrevivía recogiendo mugre. Su casa era un desecho de multitud de cosas y a mi me encantaba.

Siempre que podía me escapaba de mi casa y me refugiaba en la suya. Allí pasábamos horas en silencio apilando botones por medidas y colores. Estaban enganchados a un papel cuadriculado que yo separaba de un puñado a otro con la destreza de un experto. Al día siguiente todos los botones volvían a estar mezclados nuevamente como si en la noche un duende hubiese desecho el trabajo de todo el día para volver a comenzarlo, cosa que hacia sin importarme lo más mínimo.

Komarica era una mujer sofisticada y emblemática, de razones sin palabras, de mirada  profunda y  piel blanca como el nácar. En el barrio la discriminaban porque decían que estaba loca. Algunos incluso creían que era una bruja. A los niños no nos dejaban acercarnos a ella. Nos decían que vendía a los niños para poder comer. Pero yo en cuanto podía me escapaba para estar junto a ella y su silencio, un silencio que abrigaba por dentro.

Una mañana, unos hombres sacaron de su casa un bulto en una bolsa negra. Escuché a la gente que decía que la Komarica se había muerto aquella noche. La sacaron a rastras como quien lleva una carga. Nadie lloró a mi querida amiga, nadie como yo sintió un desgarro en el fondo del alma. Los vecinos hablaban criticando su forma se ser y de vivir pero en realidad nadie se dignó a conocerla a entrar en su mente bohemia y sin dobleces.

Después de muchos años esta mujer sigue viva en mí. Ahora sé que fue la primera amiga que tuve, la primera que me enseño la capacidad de estar junto a otro y sentirlo dentro. Me mostró que todos necesitamos compañía y ser acompañantes y que se puede vivir en la más profunda de las soledades sabiéndote pleno, digno y fiel a tus principios por encima de todos y de todo.

El telar de mis recuerdos constituye en cada puntada la vida que viví, los sueños que soñé, las gentes que amé, las ideas que defendí, las personas que admiré, los conflictos que afronté y las trabas que resolví. La esperanza y la ilusión me ayudan a seguir cosiendo. Hasta siempre mi querida dama de los botones.

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8 Comentaris a “Mi primera amiga”

  1. Mª Jesús Mandianes escrigué:

    En el laberinto de nuestra memoria, a veces en los recovecos más escondidos, recuperamos recuerdos que en realidad son tesoros perdidos y olvidados con los que se pueden crear relatos tan bellos como este.

  2. Lidia escrigué:

    Me encanta como escribes es precioso

  3. laura escrigué:

    Es muy bonito este relato muy tierno y sentimental

  4. Mª Luisa escrigué:

    Me ha gustado mucho con lo que estamos viviendo ahora esa lealtad a los recuerdos no es nada común. Entrañable.

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