nov 06

Se acercan los Carnavales y la casa ya huele a caldo, a lacón con grelos, a cocido y sobre todo a dulce, a rosquillas de anís, a filloas y a lo que más nos gusta, a orejas de carnaval. Nos gustan porque son ricas y crujientes, porque se deshacen en la boca dejando un sabor inconfundible a vacaciones, a máscaras, a disfraces y sobre todo a compartir.

Nos concentramos en la cocina la Abuela, mamá, papá y toda la prole, nada más y nada menos que siete criaturas colocadas en fila india por orden de edad y de altura, todos imprescindibles. Embadurnados hasta los ojos de harina blanca fina recién molida que la abuela se había encargado de recoger en el horno a primera hora de la mañana junto con la levadura, permanecemos a la espera mientras mamá se apresura a buscar en la despensa el azúcar y la mantequilla que saca de la fresquera, esa mantequilla de color amarillento decorada con ondulaciones que me hacen pensar en los rubios bucles que caen sobre la frente de mi hermana la mayor. «Sujeta ese pelo, o no entras en la cocina», la sermonea papá, mientras coge del mueble bar la botella de anís que dará el toque de sabor a las orejas

Con los ojos abiertos como platos y remangados hasta más arriba del codo, engalanados cada uno con nuestro impoluto delantal comenzamos a cocinar. La sartén en el fuego ya caliente se apodera de un buen trozo de la mantequilla (75 gr) que, una vez derretida, ahogamos con un vaso (125 ml) de leche templada consiguiendo así dejar flotando unas motas algo grasientas de color amarillo que desprenden un olor exquisito, ponemos una pizca de sal para romper el empalago del dulce de la copa de anís. Mientras unos batimos los huevos (tres), los otros preparamos un montoncito de harina (½ Kg) en forma de montaña a la que previamente incorporamos un sobre de levadura, hacemos un agujero en medio y echamos la mezcla; jugamos y reímos al tiempo que imaginamos que de un momento a otro el volcán va a entrar en erupción y en consecuencia la cocina quedará salpicada por una lava dulce y pegajosa difícil de arrancar de los azulejos de la pared.

Llega el momento de poner manos a la obra y como a todos nos gusta esa sensación de apretar la masa dejando que algún trozo con forma de churro agusanado se nos escape entre los dedos, para evitar problemas, papá decide hacer un sorteo: «¡A ver a quien le toca en esta ocasión la labor de amasar!».

Bajo la atenta mirada de los demás, el afortunado comienza a trabajar, mete sus manos en la mezcla y comienza el amasado como si fuera pan, si queda pegada la va soltando añadiéndole más harina. «Hay que conseguir que quede bien blanda», nos advierte mamá. Nadie se pierde detalle, y es entonces cuando el encargado de la masa hace un bolo. Con sumo cuidado lo envuelve en un paño blanco y lo dejamos reposar. Por fin, le llega el merecido descanso.«Quince minutos», apunta la abuela, «bueno como mucho veinticinco», como quien hace una concesión al condenado, consiguiendo así cambiar nuestras caras que comenzaban a denotar cansancio.

Una vez transcurrido el tiempo, los más pequeños nos untamos las manos con aceite y como si de picasos se tratase, iniciándonos en la pintura, dibujamos con él la meseta de la cocina hasta cubrirla por completo donde las líneas se pierden convirtiéndose en un cuadro monocromático oro viejo. Allí iremos estirando, unos con una botella otros con rodillo, los trozos que previamente convertimos en bolitas, los cortamos en rectángulos y los ponemos a freír en aceite abundante y bien caliente. Con la ayuda de un tenedor, a veces con éxito y otras sin él, vamos dando forma de oreja. a la masa. Las retiramos del fuego bien escurridas y espolvoreamos con azúcar molido o glas. Hay que dejar que se enfríen, el tiempo se hace eterno, todos estamos impacientes por hincar el diente a tal delicioso manjar. Cuando, por fin, llega el momento nos las llevamos a la boca lo que provoca en nuestras papilas gustativas un festival de sabor. Es en ese instante cuando empieza nuestra fiesta de carnaval.

Magui Turnes

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7 Comentaris a “Sabor a carnaval”

  1. Rosa escrigué:

    Precioso tu relato. La descripción que haces tan detallada de los niños en la cocina donde la abuela y los padres los mantienen entretenidos cocinando su dulce preferido, permite seguir paso a paso la receta de la abuela para elaborar las orejas de carnaval. Felicidades y adelante con vuestros relatos.

  2. Mª Jesús Mandianes escrigué:

    Con un lenguaje sencillo consigues trasmitir la calidez de una infancia feliz ¡Me ha encantado!.

  3. Magui escrigué:

    Gracias chicas, intentaré seguir aprendiendo.
    Besitos

  4. Pili escrigué:

    Hummm. A tu relato a no le falta detalle, mientras lo leo parece que llega hasta mi el rico aroma de ese postre que describes con tanto detalle. Toda la situación està preñada de un clima muy especial. Te felicito.

  5. Rosa escrigué:

    Muy bonita i olorosa tu narracion. Sabes describir muy bien una escena cotidiana y hacerla practicamente visible a los ojos de quien lo esta leyendo.

  6. Ferran Guardiola escrigué:

    Tu relato me hace retroceder en el tiempo y me veo junto a mi abuela precisamente confeccionando unos dulces que si no recuerdo mal se denominaban algo así como (TIRAMISUS) o algo parecido.
    Gracias Magui. Es un placer leerte

  7. Magui escrigué:

    Me alegro que te guste Ferran, esa fue mi intención transportar al lector al pasado para poder revivir los buenos momentos impregnados de olores y sabores deliciosos que nos hacer decir en voz alta ¡ummmmmm, que buenas estaban!

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