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regaloLa Sorpresa

Pensamos que le daríamos una alegría a la abuela cuando le  regalamos el móvil. Le explicamos cómo funcionaba y le quisimos vender la moto, de que, con aquel aparato podríamos hablar con nosotros cuando quisiera y no esperar a que llegara el sábado para que fuéramos a visitarla a la vieja casa familiar, tal como habían hecho nuestros padres durante años mientras éramos pequeños. Según ellos debíamos conservar las viejas costumbres de respeto hacia nuestros mayores.  Pero tanto mi hermana como yo no opinábamos lo mismo, aunque ir cada sábado a casa de la abuela había sido toda una experiencia para nosotros. Ahora teníamos otras prioridades.

El tío Miguel, la tía María y mi primo Sebastian, vivían en casa de la abuela, desde que se habían arruinado y tuvieron que salir de Francia a toda prisa. Mi abuelo hacía muchos años, había cruzado los Pirineos con mi tío cuando era un crio de nueve años  y la abuela se había quedado en Barcelona con mi madre, que solo tenía cuatro  años. Creían que así habría más posibilidades de que una parte de la familia sobreviviera a la dictadura. Se dedicaban al teatro. Mi tío escribía las obras que luego mi tía María interpretaba como primera actriz. Tuvieron mucho éxito y fama. Vivian en un piso enorme en Paris y tenían un apartamento en la costa, en la ciudad de Niza. Pero los años pasan factura y resultaba difícil que una obra,  donde la protagonista es una jovencita de 20 años, lo interprete una mujer que le dobla la edad a la protagonista.

¿Que porque era una aventura ir todos los sábados a casa de la abuela? En su huida de Francia, mis tíos tuvieron que vender  prácticamente todas sus pertenencias. Llegaron cada uno cargado con un par de grandes maletas. Sin ningún oficio ni contactos mi tío se dedico a los negocios de compra y venta, es decir se dedico a comprar cosas por cuatro perras, para venderlas a seis. En la calle donde vivíamos nosotros, había un hombre que hacía lo mismo que mi tío, pero con menos categoría, era un trapero, pero su trabajo era tan digno como el que ejercía el tío Miguel. La casa de la abuela se lleno de elegantes vestidos y joyas que mi tía rescato de las garras de los acreedores. Mi tío trajo una maleta llena de libros que habían estado prohibidos aquí durante muchos años, pero todavía seguían siendo piezas codiciadas para los libreros de viejo. La casa siempre estaba llena de objetos que para nosotros eran verdaderas joyas: un reloj dorado dentro de una cúpula de cristal, un abanico de seda pintado a mano -que según mi tía María había pertenecido a una cantante de opera china- varias pelucas, que mi hermana se ponía junto con los vestidos de mi tia realizando pases de modelo por el largo y amplio pasillo de la casa, mientras yo la iluminaba con una vieja linterna, como si fuera un foco de pasarela.

Todo esto sucedía los sábados por la tarde, cuando junto con mis padres íbamos a visitar a la abuela, aprovechando que era el momento que los tíos salían para ir al teatro.  Mi padre y mi tío no se hablaban. Nunca conseguí saber el porqué de aquella animadversión. Pero lo que a mí más me gustaba, era la tortuga que se había traído mi primo; dentro de una pequeña caja agujereada y que milagrosamente había sobrevivido al viaje. Se llamaba Cleo y podía pasarme toda la tarde contemplándola y siguiéndola en sus desplazamientos a lo largo y ancho del patio de la abuela. Le dejaba pequeños trozos de manzana o zanahoria y dibujaba con una tiza –que previamente había cogido de la escuela- un camino en el suelo de cemento del patio, para que lo fuera siguiendo. Si se salía, la cogía y la volvía a colocar en el camino, al final del cual había depositado una hoja de lechuga troceada junto con un recipiente de agua. Este era su premio si hacia el camino sin salirse del trazo señalado.

Creíamos que la abuela nos lo agradecería, pero no fue así. Aquel día que queríamos sorprenderla, fue ella la que nos sorprendió a nosotros. No quiso quedarse con el obsequio. En uno de sus viajes con el Imserso, había conocido a una persona muy especial. No creía en las segundas oportunidades, pero la vida le había demostrado todo lo contrario. Durante varios años habían coincidido en los mismos lugares. En Italia se conocieron tomando un espresso, en Egipto coincidieron por vez primera. La visita a las pirámides la realizaron juntos, después de haber pasado una noche en una jaima en medio del desierto, Paris los envolvió  con sus efluvios de amor, paseando por el Sena sobre le baton rouge y así hubieran seguido, si los años que caían como losas, y algún que otro achaque, no les hubiera frenado en sus viajes de ensueño. Ahora habían decidido vivir su último viaje juntos y el lugar elegido era Florencia.

La pareja de enamorados colgó el candado dorado en la reja del viejo puente que cruza el rio Arno y cogidos de la mano siguieron andando hacia su destino. Estaban encadenados el uno al otro para el resto de sus vidas, aquí y en el más allá.

Rosa C.L.

Marzo 2020

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2 Comentaris a “Story Cubes: Jos de paraules”

  1. Fernando Guardiola Sanchis escrigué:

    Preciosa narració digna d’una novel·la. Posa punt i seguit i continua.
    No tinc mes paraules per dir-te que m’agrada molt.
    Salutacions.
    Ferran

  2. Rosa C.L. escrigué:

    Moltes gràcies Ferran, m’en alegra que t’hagi agradat la meva narració. La veritat és que em va costar una mica trobar el fil de la història, per tal de fer que les nou figures dels daus, estiguessin dins de la història i a sobre amb cap i peus. Però la veritat és que vaig gaudir molt, mentre la feia i mentre la “retocava” cada dos per tres. .

    Arreveure i una abraçada

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