jun 16

mineria 1Tres niños de entre seis y diez años, irrumpieron en la sala donde el abuelo veía la televisión, o mejor dicho: donde hacía la más deliciosa siesta matinal aquel tranquilo sábado. La algarabía mezclada con empujones para ver quién llegaba primero, despertaron al pobre abuelito de un sobresalto, pues en ese momento estaba sacando capazos de arena de una mina subterránea y necesitó unos segundos para situarse en el presente y comprobar nuevamente, que esa historia era muy antigua. Y es, que, últimamente siempre tenía sueños de cuando era joven y recordaba a sus compañeros con tanta nitidez, que le costaba creer que no fuese cierto.

—¡Abuelito! ¿Por qué no nos cuentas historias de cuando eras joven?—gritó el más pequeño.
—¡Pero ha de ser de cuando trabajabas en la mina!— aclaró el mayor que sabía que el abuelito fue minero en su juventud. —En el cole, vamos a estudiar el impacto de las minas abiertas en los pueblos, y mi profe dice que los papás nos ayuden a buscar información en internet. Tu nos lo explicarás mejor, ¡a que sí!
El abuelo sonrió moviendo la cabeza inmensamente feliz. Sus nietos se interesaban por su vida.
—¡Claro que os lo explicaré!, pero cuando yo trabajaba eran subterráneas y muy peligrosas. Hoy día las minas han cambiado mucho. Lo sé porque el hijo de mi mejor amigo, que trabajó durante unos años en una mina abierta, en el pueblo de su mujer, vino a verme al hospital cuando me operaron del estómago y me explicó muchas cosas…¡sentaros, sentaros aquí cerquita, que os las contaré.
Los tres niños se acomodaron rápidamente con los cojines del sofá en el suelo y el abuelo comenzó su relato.
Hace mucho tiempo, después de una guerra que duró tres años, los pueblos pequeños de España se quedaron muy pobrecitos y la vida era muy difícil, había hambre y muy poco trabajo. Las familias que tenían tierras, o sea, campos con olivos, viñas, que es de donde sale la uva…
—Eso ya lo sabemos abuelo, tú háblanos de las minas.
—Vale, vale. Bueno pues parece ser que un hombre con mucha inquietud, que paseaba por los montes observando la tierra y todas las posibilidades que ofrecía pensó que, con sus ahorros y personas expertas en la investigación de las tierras, le ayudasen a resolver todo lo que le rondaba por la cabeza. Si lo que se imaginaba daba resultado, podría hacer un buen negocio, dar trabajo y ganar dinero. Compró mucho terreno en un monte, y una vez resueltos todos los temas legales, contrató a hombres para trabajar en la explotación de la mina; lo que rondaba por su cabeza. Estos hombres, que por lo general no tenían tierras, estaban decididos a trabajar fuerte y duro con tal de solucionar las dificultades que tenían para sacar a sus familias adelante. También habían de ser valientes porque el trabajo podía ser peligroso ya que las minas eran subterráneas y abrían galerías con pico y pala y con explosiones controladas en los lugares adecuados.


—¡Pero abuelo, lo que quiero saber es el impacto en los pueblos de las minas abiertas, las que son como las que tú trabajaste ya nos lo has explicado otras veces! —aclaró el mayor.
—¡Qué impacientes sois los niños de ahora! Son las mismas minas que con el tiempo se pasaron a trabajar a cielo abierto y así como en las primeras habian peligros de derrumbamiento y algunos hombres murieron en accidentes, en las otras ya no…
—¿Ya no pasaba nada?—interrumpió el más pequeño, que de minas sabía menos que sus hermanos.
Bueno, eso es la segunda parte de la historia, la que ha vivido el hijo de mi gran amigo que ya trabajaba en minas descubiertas. Me explicaba que en aquel pueblo y en otros lugares de España, durante muchos años la economía creció porque el mineral que sacaban, el caolín, era muy bueno para hacer cerámica. Los expertos habían estudiado todas las posibilidades del caolín para cementos, estucados, incluso una línea que llaman caolín micronizado, se utiliza para su empleo en fibra de vidrio ¡y que se exporta mucho!
—¿Qué es micronizado abuelo? ¿Y qué es la fibra de vidrio?—pregunto el mediano
—Ya te lo explicaré en otro momento, que ahora viene lo más complicado.
—Y ahora viene lo del impacto que he de aprender yo, ¿verdad abuelo?
—Verdad hijo, verdad. Según me explicó ganaron dinero todos, creció la flota de camiones, y hubieron familias que para transportar el caolín a las grandes empresas, se arriesgaron a pedir créditos y ser ellos los dueños del trabajo que realizaban y su economía creció en abundancia y todos eran felices porque claro, si hay dinero aumenta el consumo de otros productos. ¿Lo entendéis?
—Sí, sí, continúa—respondieron los tres, a pesar de que el pequeño lo hizo mirando fijamente a sus hermanos.
—También habían personas que recelaban de los dueños de la mina: “Menudo negocio tienen. Entre el dueño que empezó y los herederos de ahora, ellos van descarnando y deshaciendo nuestros montes y haciéndose ricos. A saber si tienen los permisos en regla o alguien cierra los ojos. ¡Lo están destrozando todo! Muchas leyes habrán sobre las minas, pero aquí no vemos que regeneren la montaña.”
Otros pensaban, observando la cantidad de personas con problemas respiratorios graves, y el porcentaje de muertes por cáncer, que la culpa de todo ello la tenían las minas. “¿Quién se traga todo el polvo que generan?”
Y también estaban los grupos ecologistas, moviéndose con actividades para convencer al pueblo, de “que las minas son un peligro ambiental.”
Los que invirtieron en camiones y los que continúan trabajando, decía el hijo de mi amigo, lógicamente lo ven de otra forma y los actuales dueños, en pequeños grupos de confianza, parece ser que comentan que, “el permiso de explotación está vigente, que no han explotado un solo centímetro que no sea de su propiedad, de lo que su padre con el riesgo de equivocarse, empezó cuando nadie en el pueblo se atrevió a hacerlo y que la regeneración del monte, está creciendo, aunque no se aprecie desde lejos, al ritmo adecuado según las leyes vigentes.”
—¡Menudo lío abuelo! ¿Cómo se arregla eso?
—No lo sé Daniel, no lo sé; yo he vivido tantos conflictos en mi vida, que no me gustaría estar en la piel de nadie; pero como vas a trabajar el tema con tu profesor, imagino que para dar una posibilidad de que aprendáis, le darán mucha importancia al diálogo entre todos los grupos, para que con respeto, unos y otros puedan dar su opinión y escuchar mutuamente las razones que cada uno expone y así eliminar dudas.
Todos quedaron en silencio mirando al abuelo. Al fin él sonriendo dijo: —El día que terminéis el trabajo, le decimos a la mamá que nos haga chocolate para merendar y nos lo explicas a tus hermanos y a mí ¿de acuerdo?—
—¡Vale! ¡Vamos a la cocina y si no hay chocolate le decimos a la mamá que compre!—dijo el mayor y salieron corriendo. El abuelo los miraba con una amplia sonrisa.

Angeles Bosch

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2 Comentaris a “El abuelo y las minas”

  1. MªJesús escrigué:

    El eterno conflicto de intereses siempre presente en la minería. Entre la protección del medio ambiente, la prosperidad de los habitantes de pueblos deprimidos, y el enriquecimiento de los propietarios de las minas … ¿ Al lado que bando nos situamos?

  2. Martina del Clot escrigué:

    M. Angeles que narración tan bonita y que bien has sabido reflejar los intereses contrapuestos. Actualmente se estan manteniendo explotaciones mineras subvencionadas con dinero público para seguir manteniendo a los habitantes de estos nucleos. ¿No hubiera sido más “rentable” diversificar los medios de producción de una zona en lugar de centrarlos solamente en una explotación minera? Si yo fuera una de las nietas del abuelo seria la pregunta que le hubiera hecho.

    Un besico

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