mai 11

Sé que estas ahí, asomándote a mi alma. Escucho como caminas  por el borde de mi aura. Presiento tu acariciar, en el rubor de mi cara. Escucho en vez de uno, dos corazones que en mi estallan.

Se ha engendrado una ilusión en mi curvada nostalgia, al volverte a recordar. Soñé que aún me mirabas. Y la ternura invadió de esquina a esquina mi casa, como si entrase la luz hasta donde no hay ventanas. Por eso sé que aquí estás, entre la piel de mis lagrimas, acompañándome igual que cuando presente estabas.

Mi abuela era de Granada, llegó a Barcelona en 1940 con su marido y sus hijos huyendo de la posguerra y de la falta de trabajo. Tras vivir unos años en Pueblo Nuevo, en el año 48 su marido le compró una casa, “un chalé”, le dijo. En el número 27 del desaparecido barrio de La Perona. Ilusionada, dejó la habitación donde vivían realquilados  y cuando llegó al chalé se encontró con un terreno de 300 metros cuadrados, bordeado de árboles frutales, sin luz, sin agua. Toda su vivienda eran cuatro paredes reducidas a 20 metros cuadrados en los cuales tendrían que vivir, comer, dormir y asearse cinco personas.

La señora Lola bajó la cabeza, compró un candil y piedras de carburo para iluminarse, un cubo de aluminio con una barra de hielo para conservar los pocos alimentos que tenían y unas garrafas para recoger agua de la fuente. Se armó de coraje y honestidad y siguió viviendo.

Cuando el alba aún no se había despertado, ella se levantaba para ir a la fábrica de maquinaría de tintorería, Arbós y Cía, en la calle Mallorca. Se llevaba con ella a su hijo pequeño, al que dejaba con la mujer del portero de la empresa, mientras limpiaba primero los despachos de la fábrica y después la casa de los porteros. Al acabar el trabajo, recogía al niño y se iba a otras casas, donde continuaba limpiando.

Ésta era mi abuela, una mujer sencilla y humilde de ojos transparentes y serenos, honrada y sumisa. Una mujer como tantas otras, una mujer de delantal y moño en la nuca, de manos encallecidas y resecas, de mirada nostálgica y avidríada, una de esas mujeres que nadie recuerda por nada especial, pero cuando estás a solas en tu vida, en tus recuerdos, de repente te aparece su cara y se te llena el alma por dentro de alegría.

La recuerdo contando sus monedas como quien cuenta un tesoro, las guardaba envueltas en un pañuelo que escondía en el pecho. Cada día me compraba un yogur; de aquellos del tarro de cristal, me lo daba siempre cuando no había nadie porque sólo podía comprar uno y éramos muchos. Ella decía que yo lo necesitaba más que los demás.

La señora Lola era una mujer respetada y querida en el barrio, cualquier vecino estaba dispuesto a darle lo que necesitaba cuando ella lo pedía por que todos sabían que lo primero que haría en cuanto tuviese dinero sería pagarles. La gente, al pasar por su lado, la saludaba con admiración en la cara y cariño en la voz. No recuerdo de mi abuela una palabra de queja para nadie. Tuve el placer de estar a su lado en los últimos momentos de su vida; cada día, al salir de mi trabajo, cogía un bocadillo y me iba a comer con ella al hospital. Me quedaba allí hasta la hora de volver a trabajar; parecía como si tuviese un reloj en la cabeza: cuando se acercaba la hora de irme, me decía: “ya tienes que irte, venga, ¡que no llegues tarde!”.

Ella estaba allí en aquella cama pero su mente estaba con los suyos, con sus hijos, con sus problemas, con lo que yo sentía, acompañándome, aunque pudiese parecer que yo la acompañaba a ella. Hasta el último segundo de su vida siguió amamantando metafóricamente a los suyos. En ningún momento la señora Lola olvidó lo que significa estar ahí entregándose. Con sus ojos llenos de luz y amor, de dolor contenido y de tristeza oculta.

A todas las señoras Lolas de la historia, gracias; gracias por estar ahí, por pasearos por nuestras venas y por haber dejado tantas huellas en el fondo de nuestras almas.

Dolores Rubiño Cabrera, Mi abuela, existió.

Carmen Gómez

Share and Enjoy:
  • Facebook
  • Twitter
  • Print
  • email

4 Comentaris a “Alas de Plata”

  1. Neus Navarro escrigué:

    Mari Carmen, yo diría que tu abuela fue más que eso, fue tu madre, tu relato es el puro agradecimiento y sentimiento de todo lo que sentiste por ella. Hojala, hubieran muchas nietas como tú que supieran valorar lo que sus abuelas hicieron por ellas, ya que por desgracia no hay muchas que se acuerden de los sacrificios que sus abuelas hicieron por ellas, un beso Neus.

    • Carmen Gómez escrigué:

      Yo pienso que lo peor de los seres humanos es olvidar de donde viene, para mi es un orgullo recordar a mis abuelas, son parte de mi y gracias a ellas soy la mujer que soy.
      Los abuelos son muy importantes en la vida de los niños. Si de verdad quisiésemos a nuestros hijos no les privaríamos de una de las partes más solidad de sus cimiento. Desgraciadamente hoy en día muchos niños no ven ni disfrutan de ellos y convierten el cariño en arma de intercambio.
      Un beso Neus.

  2. Natalia escrigué:

    Me ha parecido una narración preciosa, me ha emocionado y he recordado a mi abuela, (la única que conocí) gracias por dejar tus sentimientos para que otros podamos sentir.
    Natalia.

Fes un comentari

  • Blogueres de Sant Martí

    Les Blogueres de Sant Martí som un grup de dones que es forma a partir del taller: "La teva veu a internet". Hem creat una finestra oberta a totes les persones on poder reflectir les nostres inquietuds sobre el que succeeix al nostre entorn.

  • Amb el suport de:

    www.xarxantoni.net
    Xarxa Comunitària de Sant Antoni
    www.farinera.org
    La Farinera del Clot

    EAMP
  • Sobre aquesta web:

    Valid XHTML 1.0 Transitional [Valid RSS]

    Aquesta web ha estat desenvolupada per www.femweb.info; utilitzant PHP, XHTML, CSS i JavaScript. Powered by WordPress