feb 19

lagrimaLa discusión adquirió un sabor agrio: las voces se elevaron, aparecieron los reproches y algunas expresiones empezaban a denotar un cierto tono de dureza, aún incipiente. Lo de menos es la causa del agravio, si no el hecho, que ahora voy a contar.

 Y el hecho fue, que en el fragor de la batalla ella iba sintiendo la impotencia de no poder argüir más razones; ni que las vertidas fueran aceptadas por su pareja, y ya no pudo impedir que los ojos se le llenaran de unas lágrimas a punto de desbordar.

 Un mohín de él, acabó de propiciar que a ella se le vertiera una gruesa lágrima, que presta salió del lagrimal y se precipitó hacia la mejilla.   Y justo en el pómulo, la lágrima se detuvo, como en espera de conocer que hacer: si precipitarse mejilla abajo,o quedarse para saber si era ella la primera de un torrente desbordado, que vendría después.

 En ese momento arreció el viento, que alborotó los árboles y revolvió en el aire la hojarasca que resbalaba alocada sobre la tierra húmeda; levantó papeles y tierra, y entre estos el pétalo rojo de una flor, que después de varias cabriolas por el aire, fue a depositarse justo sobre aquella lágrima que esperaba a que algo sucediera.

 En el ardor de las palabras y las recriminaciones, él se detuvo y la miró a ella: había descubierto una gota en su mejilla que creyó era de sangre.   Ella se desconcertó porque no entendía que ocurría, y de repente él le puso con cuidado su mano abierta en el rostro, y con el dedo pulgar apresó el pétalo.

 Se dio cuenta enseguida que la alarma no era tal, y que la sangre no era más que un simple pétalo parecido al de la flor del geranio, que con su rojo intenso le confundió.   Aliviado, sostuvo el pétalo entre sus dedos índice y pulgar y se lo mostró a ella, quien enseguida entendió el motivo de la súbita interrupción.

 Se miraron a los ojos, y ella quiso ver que aún le preocupaba; y él se apercibió, de que se preocupaba por ella. Quizás volverían a discutir al siguiente día o a la semana siguiente, pero en aquel momento se detuvo el tiempo y volvieron a sentir el uno por el otro, lo que les unía ya mucho antes de la discusión.

¿Discusión…?. ¿Qué discusión…?.   Ni se acordaban ya, ni tenía importancia el motivo que originó tal rencilla. Verse uno en los ojos del otro, les hizo perder la noción y la razón. Cosas de enamorados, que se encabritan como corceles y luego, de repente, hacen las paces.

 ¡Qué dulces son las paces, cuando el motivo es menor! ¡Y qué bueno que el motivo sea menor, para renovar una vez más los sentimientos!.

 

Javier de la Casa

diciembre 2013

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Un comentari a “El petalo”

  1. Mª Jesús Mandianes escrigué:

    ¡Sorprendida estoy de tu vertiente romántica, tan distinta de la racionalidad de tus artículos!
    ¡ Una agradable sorpresa !

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