abr 13

fin humanidadHoy me he llevado por delante a dos ancianas… bueno, como diría la buena gente, las he ayudado a dar el transito.

.Emigre junto a mis padres y hermanos a una edad muy temprana al nuevo mundo. La guerra y el hambre nos expulsaron de nuestra tierra. Una tierra de meigas y supersticiones, donde a la señora de la guadaña se le tiene autentico pavor. Y en la tierra que nos acogió, me crie rodeada de amuletos, fetiches, gallinas degolladas, puros humeantes y mujeres de blanco.

A los once años cogí una extraña enfermedad que ningún médico reconocido o no reconocido pudo sanar. Dijeron que se trataba de una infección producida por un virus desconocido. A los pocos meses caí en coma y dijeron que no iba a sobrevivir. Lo que ellos no sabían, era que yo sí que quería seguir viviendo… y lo conseguí. Dijeron que era un milagro. Falso. Hice un pacto con la señora de la guadaña y resucite de entre los muertos.

Deje a mis padres y hermanos enterrados en aquellas cálidas tierras y yo regrese a la casa de mis abuelos. Como no tenía ni oficio ni beneficio, me dedique a alquilar mis servicios para cuidar personas mayores o niños. Estos últimos me gustaban menos, por el alboroto que armaban, las peleas o berrinches sin ton ni son que cogían y por ello me centre en mis queridos abuelitos. El inconveniente de este oficio, es que, me duraban poco. Ya sea porque eran muy mayores, ya sea porque cogían algún resfriado que se les complicaba y se los llevaba por delante, el caso es que poco a poco, me fui quedando sin clientes y tuve que emigrar de nuevo.

Me fui a vivir a una gran ciudad, donde vivía una hermana de mi madre, viuda y con una hija de mi edad. Me acogieron con mucha alegría y afecto y me buscaron una casa donde cuidar a una señora muy rica. Tenía muchos hijos e hijas, pero vivía sola. Esta me duro un poco más. Había llevado muy buena vida, pero finalmente una neumonitis se le llevo. Pero mi tía, que tenía muchos conocidos en la ciudad, rápidamente me coloco en una nueva casa. Y el resultado fue exactamente el mismo. Y así durante un año, al cabo del cual, empecé a darme cuenta de que el nivel de vida de mi tía y prima había realizado un notable incremento.

Primero fue la casa. Nos mudamos a un barrio más céntrico y a una casa más grande.  La ropa, las joyas, los viajes… Llevábamos un tren de vida, que no correspondía a los ingresos que entraban en la casa.  Entre mis prima y yo como acompañantes de personas mayores y la pensión de viuda de mi tía, se podía vivir cómodamente sin apuros a final de mes. Cuando pregunte, la respuesta que se me dio, es que habíamos recibido una herencia de un tio-abuelo que fallecido recientemente y que éramos su única familia y por tanto sus herederas. No me quede muy satisfecha con la explicación, pero seguí ejerciendo con ahincó mi trabajo.

Actualmente, cuidaba de una señora mayor que había ingresado en un hospital. La familia me contrato para que permaneciera junto a ella mientras estuviera ingresada, para atender sus necesidades más básicas. Había sufrido un ictus y un ataque epiléptico en poco tiempo que le habían producido la pérdida del habla y la movilidad parcial de su cuerpo. Tenía que darle la comida, peinarla, hacerle la manicura, salir a pasear con ella en la silla de ruedas, cuando hacia buen tiempo y el sol acariciaba su apergaminada piel, hablarle para intentar que recuperara parte del habla o quizás, establecer algún tipo de comunicación con ella. Pero el trabajo me duro solo un mes. Una familia que también tenía a su abuelo ingresado, cuando supo del fallecimiento, me propuso que me ocupara de su anciano padre. Evidentemente, el resultado fue el mismo. Y fue entonces cuando descubrí mi don.

Yo no poseía ningún talento especial para cuidar personas mayores. Mi don, por decirlo de alguna manera, era que aceleraba su fallecimiento. Una noche, mi tía me lo confirmo. Me contrataban los familiares, para acelerar la muerte de la persona anciana. De esta manera ellos podían hacerse cargo de los ahorros, propiedades o bienes que esta persona poseía. A cambio, recibíamos una buena mordida por el “favor” realizado.  No había ningún tío-abuelo que nos hubiera nombrado sus herederas. La enfermedad infecciosa de la que me salve de niña, me había convertido en la poseedora y transmisora letal del virus. Y este fue el pacto que realice de niña con la señora Parca, tenia que saldar mi deuda.

Martina del Clot

3 de Marzo 2020

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4 Comentaris a “La Parca”

  1. Pilar Zabala escrigué:

    Et felicito Rosa, segons el meu punt de vista, en aquest relat has aconseguit reunir les calificacions de: “ drama, suspense, humor negre i comedia”, el suficient per distreure i tenir entretingut al lector. Si aquest ha estat el teu propósit et puc dir que l’has ben encertat.

    Una abraçada

  2. Rosa C.L. escrigué:

    Gràcies Pili, reconec que en els temps que corren, era dificil realitzar una narració on pogue recollir d’una part el drama que suposa perdre un familiar i per l’altre donar un toc “d’humor negre” per tal de aliviar el drama. Et felicito perque has captat en la seva totalitat la finalitat de l’escrit: distreure una estona d’aquest malson.

  3. teresa vidal escrigué:

    M’has deixat d’una peça amb el teu relat, perque ni de bon troç esperava aquest final. Molt adient pels temps que corren. Un relat molt ben escrit encara que ens deixi més tristos. Pero son cosas de la vida. Enhorabona.

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