oct 10

antiguo muñeco valentin de los 50-60 - Compra venta en todocoleccionNarra en un máximo de 1000 palabras la historia de un objeto que lleva mucho tiempo escondido a modo de monólogo interior.

Últimamente mis recuerdos son más claros y precisos cuando más cerca  se encuentran de mi infancia y adolescencia. Recuerdo escenas y conversaciones entre diferentes miembros de la familia, diferentes situaciones en diferentes lugares y recuerdo objetos que hace mucho tiempo que ya no forman parte de mi vida, como aquel precioso muñeco llamado “Valentín”.

Qué curioso que un año los Reyes Magos me dejaran un muñeco en lugar de una muñeca, porque aunque no tenía pilila, era un muñeco. La ropita que llevaba era de color azul. No había ninguna duda. Es el muñeco que recuerdo con más cariño, quizás porque con él en brazos un buen día me perdí en la concurrida calle Pelayo de Barcelona durante los días previos a la llegada de los Reyes Magos.

Habíamos ido a entregar la carta. Andaba de la mano de mi tía y de mi prima mirando escaparates. Mis padres me habían dejado para que pasara unos días en su casa. Por aquel entonces yo no lo sabía, ya que debía ser una sorpresa, pero mis padres me habían comprado un dormitorio nuevo y antes de que trajeran los muebles, mi padre quería pintar la habitación. La calle estaba llena de gente. De repente cuando fui a dar la mano a mi tía, ella ya no estaba allí. Mi nariz se había pegado a un gran escaparate de juguetes del cual no podía desprenderme.

Busque mire entre la multitud que me rodeaba, pero no pude distinguir su rostro y me puse a llorar muerta de miedo. Alguien me cogió de la mano y me llevo hasta las puertas de unos grandes almacenes junto a un guardia urbano que me pregunto si me había perdido. Yo abrazaba fuertemente a mi Valentín, envuelto en una nana de color rosa con puntillas, porque era el único nexo de unión con mi mundo familiar. Creo que le dije que sí, esto no lo recuerdo, pero se me llevo por unas callejuelas oscuras mientras me iba hablando y haciendo preguntas. Yo solo lloraba.

Finalmente llegamos delante de un edificio con un gran portalón de madera. Se abrió una pequeña puertecilla y apareció otro guardia que se me llevo al interior del edificio atravesando un gran patio interior. Llegamos a una oficina donde varios hombres con traje de calle estaban reunidos. Me hicieron sentar en una silla y empezaron a hacerme preguntas. Me preguntaron mi nombre y se lo dije, me preguntaron cuantos años tenia y dije que nueve, me preguntaron donde vivía y les di el nombre de la calle el numero y el piso donde vivíamos mis padres, mis abuelos y yo, me preguntaron si teníamos teléfono y dije que no, pero que sabía el teléfono de una vecina de la escalera. Era algo que mi padre me obligo a aprenderme de memoria, mi nombre, mi dirección y el teléfono de la vecina.

Luego un señor muy amable se fijo en el muñeco que sostenía fuertemente en mis brazos, como si fuera un bebe de verdad. He de decir que el muñeco tenía un tamaño considerable. Era rubio con el pelo rizado y los ojos azules. Recuerdo que empezó a hacer preguntas sobre el muñeco a tocarle las manitas. No recuerdo mucho más. Solo que pase mucho tiempo allí hasta que de pronto apareció mi padre acompañado por otro hombre con traje. Venia sin afeitar, con la ropa manchada con la que estaba pintando la habitación. Su rostro no mostraba enfado, como era habitual en él. Me sorprendió que no me riñera ni me gritara.

Estuvieron hablando un rato con él y luego me cogió de la mano mientras con el otro brazo sostenía a mi muñeco y los tres partimos andando desde la callejuela donde me encontraba hasta la casa de mi tía en la calle Aray para decirle que ya me habían encontrado. Aquella noche dormí en su casa y a la mañana siguiente mi tío José me llevo a casa donde me esperaba la gran sorpresa de mi nueva habitación.

Mi Valentín siempre ocupo el lugar preferente en la cama, sentado y vigilando hacia la puerta. Crecí y aunque ya no tenía edad para muñecas, Valentín siempre estuvo a mi lado, hasta el día que abandone la casa de mis padres y ya no lo volví a ver. Hasta el día de hoy.

No sé si es mi Valentín o quizás otro que se le parece, pero aunque el color de su rostro ha cogido un tono amarillento, aunque el pelo rubio y rizado ya no brilla ni mantiene aquella suavidad, sus ojos siguen siendo azules. Lo he encontrado en la Fira de Bellcaire o Encantes Viejos que están situados en la plaza de las Glorias. Tirado en el suelo con otros muñecos y muñecas viejos, rotos y desencajados. Sus trajes rotos y sucios. Algunos les falta un brazo o una pierna, pero mi Valentín se mantiene asombrosamente entero. He preguntado el precio, no es caro, pero si llego a mi casa con èl me echan a mí. Tampoco está en condiciones de entregárselo a mi nieta, mi nuera no tardaría en hacerlo desaparecer. Lo he dejado allí junto con sus compañeros y compañeras y por última vez he mirado fijamente sus ojos azules y le he dicho adiós.

 

Rosa C.L.

 

 

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